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Versión paleográfica, notas y mapas de Teresa Piossek Prebisch

Presentación de la edición

La presenta obra continúa con la serie ediciones de fuentes, que retomara el Archivo General de la Nación durante el transcurso del año pasado, cuando divulgamos el epistolario del exilio entre Manuelita Rosas y Antonino Reyes.

Esta vez se trata de la Relación Histórica de Calchaqui, un documento de autoría del misionero jesuita Torreblanca, cuyo original se conserva en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, y que describe pormenorizadamente los intentos del aventurero andaluz Pedro Bohorquez, por convertirse en lider de los indios calchaquies, reivindicando un supuesto linaje incaico.

El documento ha sido transcripto, anotado rigurosamente y comentado por la historiadora tucumana Teresa Piossek Prebisch, a quien agradezco por habernos permitido su publicación. Asimismo vaya mi gratitud con la Junta de Estudios Históricos de Tucumán, la cual auspició la edición de este libro.

Introducción

Todo libro es portador de dos historias. Una, de carácter público, es la narrada en sus páginas, accesible a todo aquel que desée conocerla. Otra es la historia privada del libro en sí mismo ya que los libros, como las personas, tienen una biografía que únicamente conocen el autor y sus allegados. Respecto de éste comencemos por la historia pública que es la siguiente:

Hace más de tres siglos un anciano religioso de la Compañía de Jesús, el P. Hernando de Torreblanca, sintiendo la muerte muy próxima, se impuso la tarea de dejar testimonio acerca de un singular y desgraciado suceso ocurrido en la antigua Gobernación del Tucumán: la entronización del embaucador andaluz Pedro Bohorquez como Inca de los indios calchaquíes. El había resultado uno de los responsables cuando cayó, desprevenido, en la vorágine de una situación difícil de evitar, cuyo mortificante recuerdo jamás lo abandonó. A los ochenta y cuatro años, como para de algún modo descargar su conciencia, se puso a escribir, y con caligrafía clara y fina, asombrosa en su edad, estampó en el primer folio el título: Relación histórica de Calchaquí.

Escribió a ritmo desigual, a veces de corrido y otras tachando, suprimiendo, titubeando, dudando sobre detalles en los cuales su memoria flaqueaba, aunque recordaba claramente el asunto principal. Simultáneamente, iba mostrando su faz esencialmente humana al revelar sus sentimientos íntimos en relación a hechos y personajes: la mezcla de impaciencia y compasión que le inspiraban los indios. El vaivén entre el recelo, el respeto y la colaboración que signaba su relación con el gobernador del Tucumán. El temor a la maledicencia del pequeño mundo tucumanense en el que vivía. El resentimiento hacia enviados del poder virreinal preocupados menos por solucionar acabadamente el conflicto desatado por Bohorquez, y más por cobrar pronto su retribución. La admiración y afecto profundos por el P. Pedro Patricio, compañero de ideales misionales y de la dolorosa experiencia bohorquiana.

La relación consta de 154 folios que pueden agruparse en tres secciones. La primera trata de la aparición y actuación de Bohorquez en el Tucumán y de la primera campaña contra los indios calchaquíes a raíz de la guerra que desencadenó. La segunda, fluidamente encadenada a la primera, está dedicada al P. Pedro Patricio. La tercera, que está trunca, en la que el P. Torreblanca sin transición retoma el tema bélico para hablar de la segunda campaña contra los calchaquíes y de los planes de invasión al Chaco con el objeto de someter a los mocobíes.

El paso brusco entre la segunda sección y la tercera me indujo, hace un tiempo, a considerar que faltaba una parte intermedia de la narración. También pensé que se hubiera perdido la parte final, pero al observar el último folio, la forma cómo la línea postrera queda abandonada a la mitad, comprendo que, en realidad, no se trata de pérdida de folios finales, sino de que la relación quedó inconclusa. ¿Por qué motivo? ¿Qué sucedió? ¿Acaso en ese momento la muerte se llevó al P. Torreblanca impidiéndole terminar lo que se proponía escribir? Sea cual fuere la razón, es de lamentarla, como también el hecho de que él no fue sincero al narrar en un esfuerzo por atenuar –como lo hicieron también otros involucrados- su intervención en el encumbramiento de Bohorquez a quien conoció demasiado bien y demasiado tarde.

Calchaquí o Valle de Calchaquí era el nombre con que, en el siglo XVII, se designaba a un sector del área montañosa situada al noroeste de la Gobernación del Tucumán, integrante del Virreinato del Perú. Era ésta un dilatado territorio que abarcaba las actuales provincias argentinas de Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba más el occidente de Chaco y Formosa. A mediados del siglo su población de sangre española era de unas dos mil quinientas almas concentradas en siete pequeñas ciudades contadas entre las más humildes del Virreinato, que vivían de una economía primitiva, separadas entre sí y de los centros políticos y comerciales por enormes extensiones de tierra virgen.

Sobre el Tucumán gravitaban dos problemas de honda repercusión social. Uno era la carencia de grandes yacimientos en una época en que la riqueza minera se consideraba la producción primordial del suelo. Otro era la presencia de los indios calchaquíes, señores de los valles homónimos, flanquedados por altas montañas. Durante cincuenta años estuvieron sometidos al imperio incaico, sin embargo los españoles no habían logrado sojuzgarlos a más de un siglo de iniciada la conquista y rechazaban cualquier menoscabo de su libertad como lo demostraron en los levantamientos generales de 1562 y 1630. La situación se complicaba por la vigencia de una antigua tradición según la cual mantenían celosamente ocultos ricos yacimientos que habían sido explotados en tiempos de los incas. Misioneros jesuitas en dos oportunidades se instalaron en sus valles para intentar integrarlos mediante la catequización, pero sus métodos de captación, probados exitosamente con otros grupos aborígenes, dieron escaso o nulo fruto entre ellos.

A este dilatado territorio del Tucumán, donde la existencia humana se desenvolvía tan trabajosamente; en el que cada habitante, seglar o religioso, cada día esperaba el milagro que mejorara su suerte, llegó un día de primavera de 1656 Pedro Bohorquez. ¿Quién era este personaje? Había nacido en Andalucía hacia 1602 y, desde que en la juventud llegó al Perú, su sola ambición fue hacer fortuna, aunque no por el trabajo, sino valiéndose del engaño. Poseía los dones necesarios para desempeñarse brillantemente en el oficio de embaucador: carisma, verborragia, mundanidad, astucia y la capacidad para captar los anhelos más intensos de cada persona. No obstante, sus engaños nunca le dieron un triunfo durable y su existencia fue un huír permanente; así, huyendo, llegó al Tucumán. Tenía más de cincuenta años y sus dotes delictivas estaban en el apogeo; sólo así se explica que pudiera tramar un engaño que hace de él uno de los embaucadores más asombrosos de la Historia:

A los indómitos calchaquíes les dijo que descendía del último Inca; que si le obedecían y le entregaban los yacimientos de los cerros los libraría para siempre de los españoles.

A éstos les dijo que los calchaquíes lo creían Inca verdadero y que, por lo tanto, le prometían acatar su pedido de someterse al rey de España y revelar dónde estaban los yacimiento que colmarían de riquezas al Tucumán.

En cuanto a los misioneros jesuitas, desmoralizados por su trabajo tan largo, tan oscuro y tan magro en resultados, les aseguró que, si lo apoyaban como Inca, induciría a los calchaquíes a convertirse al cristianismo con lo que, en poco tiempo, en los Valles Calchaquíes surgirían misiones y templos de la Compañía.

Todos sucumbieron ante la fascinación de su palabra, todos lo apoyaron, algunos –como el P. Torreblanca- desoyendo la voz de alerta de la conciencia. El único que no se dejó engañar fue el obispo del Tucumán, Fr. Melchor de Maldonado y Saavedra.

Dos años se sostuvo la farsa, pero la verdad finalmente afloró: Pedro Bohorquez, el Inca del Tucumán, era un delincuente, un embaucador que sólo ambicionaba ventajas personales. Desgraciadamente, por entonces ya tenía formado en los cerros un Estado propio que gobernaba despóticamente. Para sacarlo hubo que recurrir a las armas y así estalló el tercer levantamiento general indígena del Tucumán.

Como en tantas otras aventuras suyas finalmente le fue mal y, al verse derrotado, pidió y obtuvo indulto del virrey, aunque sus enemigos se encargaron de hacerlo desembocar en la cárcel de Lima, donde fue ejecutado en diciembre 1666.

Los españoles tucumanenses sufrieron pérdidas de vidas y de bienes. Los misioneros jesuitas asistieron a la destrucción total de sus sacrificados esfuerzos misionales. Los calchaquíes quedaron solos para luchar y perdieron la guerra; el precio de la derrota fue verse obligados a abandonar los cerros y valles que por siglos habían señoreado. De no mediar la nefasta presencia de Bohorquez, distinta hubiese sido la historia de estas comunidades indígenas del noroeste argentino que, como otras, se hubiesen integrado gradualmente al español gracias a la mestización y a la necesidad de satisfacer requerimientos mutuos.

Este deplorable desenlace nos da la pauta de que los sucesos protagonizados por Pedro Bohorquez exceden ampliamente lo anecdótico o picaresco. El personaje es, en mi opinión, el antecedente del caudillo latinoamericano demagógico, despótico y atento sólo a su interés personal aunque lo disfrace de amor al prójimo.

De su siniestro paso por el Tucumán quedan testimonios de contemporáneos en el Archivo General de Indias de Sevilla, en el Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán, en Cartas Anuas de la Provincia Jesuítica del Paraguay, pero quizá el más patético de todos sea la Relación Histórica de Calchaquí del P. Torreblanca. La historia privada de mi contacto con ella es la siguiente:

Me enteré de su existencia a comienzos de 1967, cuando rastreaba documentación para mi libro Pedro Bohorquez, el Inca del Tucumán. En el curso de mi rastreo me enteré de una conferencia que había pronunciado el Prof. Francisco de Aparicio en diciembre de 1949, en la Sociedad Científica Argentina, en la que mencionaba su descubrimiento de la relación del P. Torreblanca, en la Biblioteca Nacional de Rio de Janeiro. Entusiasmada con este dato, me puse en campaña para conseguirla sin imaginar cuánto iba a costarme lograrlo.

Escribí a la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, pero me respondieron que con los suscintos datos que proporcionaba había resultado imposible localizar lo que pedía. Fui a la Sociedad Científica Argentina, pero me informaron que en los archivos de la institución no figuraba ninguna conferencia del Prof. Aparicio, sobre el tema. Escribí a su viuda solicitándole me pemitiera leer la disertación, pero aparentemente mi carta nunca le llegó puesto que no obtuve respuesta. Escribí a la Library of the Congress, de Washington, enterada de que tenía microfilmados documentos relativos a la Compañía de Jesús en América, pero me contestaron que sólo eran los concernientes a América del Norte. Consulté con el arqueólogo Dr. Alberto Rex González y el historiador P. Guillermo Furlong, S.J., y aunque ambos tenían noticia de la existencia del documento hallado por el Prof. Aparicio, ninguno pudo darme pistas para ubicarlo. Recuerdo que el P. Furlong me comentó: "El Prof. Aparicio murió llevándose el secreto."

Lo cierto era que los meses transcurrían y todas mis diligencias desembocaban en vía muerta; no obstante continuaba buscando, hasta que un dia, al necesitar un dato geográfico sobre los Valles Calchaquíes, consulté la monumental obra La Argentina. Suma de Geografía, de Difrieri y Aparicio, y allí encontré un dato muy valioso: el título del escrito del P. Torreblanca: Relación histórica de Calchaquí.

Sin demorar un instante escribí nuevamente a la Biblioteca Nacional de Rio de Janeiro y dos meses después, el 21 de mayo de 1968, día histórico para mi tarea detectivesca de rastreo documental, recibí una pequeña encomienda conteniendo los rollos de película correspondientes a las diapositivas del manuscrito. Las enmarqué, las proyecté y transcribí: la Relación del P. Torreblanca estaba redescubierta y por fin, tras un año y cuatro meses de búsqueda, me encontraba en posesión de ella.

Al leerla y releerla para hacer mi investigación sobre Bohorquez sentí, como una obligación moral, el darla a conocer por tratarse de una pieza única, escrita por un actor de los hechos, realmente enriquecedora de nuestra Historia. Sentí, también, que había que divulgarla en dos versiones de modo que llegara a dos tipos de lectores: tanto al aficionado que se interesa por nuestra Historia, pero carece de la paciencia y práctica que exige el leer antiguos documentos, como al historiador o investigador que sí las posée y quiere trabajar con el dato de primera mano, tal cual lo brinda la fuente.

A mediados de 1976 concluí mi trabajo consistente en la transcripción paleográfica del manuscrito más mi versión modernizada, acompañada de notas y un mapa. En ella, manteniendo la fidelidad al original y su división en folios, había hecho correcciones a algunos defectos de la escritura del misionero: irregularidad en la ortografía y en el uso de signos de interrogación y admiración. Fallas de sintaxis, errores de concordancia y palabras mal escritas o repetidas. Conceptos confusos o que suponían el conocimiento del lector de ciertos datos o sucesos históricos.

Ocho años después, en mayo de 1983, el trabajo recibió la aprobación de E.C.A. -Ediciones Culturales Argentinas- dependiente de la Secretaría de Cultura de la Nación, para su publicación. No obstante, se me comunicó que, por razones presupuestarias, sólo podría publicarse una de las dos versiones y la eligida fue la modernizada. El texto paleográfico estaba destinado a continuar aguardando.

Ocurría esto en un momento en que tuvieron lugar dos cambios. En el orden privado, después de muchos años de vivir en Buenos Aires regresé a Tucumán, mi tierra natal. En el orden nacional se produjo la transición entre el gobierno de facto y la asunción del presidente electo y mi trabajo sufrió, a su modo, ese complejo momento Yo perdí todo contacto con él y no sabía qué suerte correría; si la Secretaría, cuyas autoridades habían cambiado, lo publicaría o no ya que por los medios me enteré que se revisarían todos los contratos suscriptos durante el gobierno anterior.

Un día de fines de 1984 me enteré por terceras personas que la obra había sido publicada, lamentablemente sin que antes me hubieran enviado las pruebas de galera para su revisión y aprobación, paso fundamental en toda publicación. Cuando obtuve un ejemplar pude comprobar que, fuera de varios errores de imprenta, se había suprimido el mapa imprescindible para ayudar al lector a ubicar geográficamente los acontecimientos.

Han transcurrido catorce años desde entonces. Durante ellos siempre mantuve vivo el deseo de hacer otra edición y ahora ha llegado la oportunidad de la mano del Archivo Histórico de la Nación con el auspicio de la Junta de Estudios Históricos de Tucumán. La presente es la versión paleográfica acompañada de notas, mapas, ilustraciones e índice onomástico, más un apéndice compuesto por dos Cartas Anuas de la Provincia Jesuítica del Paraguay, Chile y Tucumán.

La primera, en transcripción paleográfica, está dirigida al P. Mucio Vitelleschi, Visitador de la Orden. Llegó a mis manos sin firma, pero es probable que haya sido escrita por el P. Provincial Francisco Lupercio de Zurbano a juzgar por la referencia que al comienzo de la carta hace su autor a un encuentro suyo con los misioneros Pedro Patricio y Hernando de Torreblanca, para tratar el establecimiento de misiones en los Valles Calchaquíes. Ello coincide con las menciones que el P. Torreblanca hace en los folios 118 y 126 de su relación, de un viaje realizado con su compañero, el P. Patricio, desde la reducción del Pantano, en La Rioja, a San Miguel de Tucumán para entrevistarse con el Provincial Lupercio de Zurbano y recibir las instrucciones pertinentes.

La segunda, traducida del Latin por el P. Carlos Leonhardt, S.J., y cedida generosamente por el P. Guillermo Furlong, S.J., está firmada por el P. Provincial Simón de Ojeda que muy severamente recriminó al P. Torreblanca su participación favorable al encumbramiento de Bohorquez como Inca y representante del poder real en los Valles Calchaquíes, tal como el recriminado lo cuenta en el folio 29.

He incluido ambas cartas porque ayudan al lector a medir la difícil tarea emprendida por los misioneros entre los indios calchaquíes, reacios a abandonar su culto ancestral. A comprender el estado de desesperanza en que se encontraban después de quince años de esfuerzos infructuosos realizados con estrechez de recursos y en medio de la soledad agigantada por la naturaleza monumental de valles y montañas. Nos permiten entrar en sus almas, descubrir su estado psicológico, su frustración que, como un fruto maduro, se ofreció a la perversa e inescrupulosa maquinación de Pedro Bohorquez.

No quiero terminar esta introducción sin expresar mi agradecimiento al historiador P. Cayetano Bruno que me proporcionó valiosa información para algunas notas, como así también al Sr. José Enrique Würschmidt que me aclaró el significado de un término minero usado por el P. Torreblanca, que durante años no pude encontrar.

Teresa Piossek Prebisch

 

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