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Presentación
de la edición
La obra que en esta oportunidad presentamos a los
investigadores, consiste en la edición del epistolario entre
Manuela Rosas y Antonino Reyes existente en Montevideo, volviendo
a las ediciones de fuentes que no se realizaban en nuestro Archivo
desde principios de la década del ’80, cuando se publicaron
varios documentos referidos a las Islas Malvinas.
El libro que el lector tiene en sus manos contiene
63 cartas, 59 dirigidas por Manuelita a Reyes, una por Reyes a Manuelita,
una de Agustina Rosas de Mansilla a Antonino Reyes, y dos más
de Manuelita, una escrita a Rosario T. de Rodríguez y otra
a Rosario Reyes de Tezanos. Estas cartas fueron transcriptas íntegramente.
Por último tengo una deuda de gratitud con
varias personas que colaboraron para que esta obra fuera posible:
Con el historiador uruguayo Enrique Mena Segarra,
autor también del prólogo, habida cuenta que por su
intermedio, pudimos acceder a las copias de la correspondencia,
merced a la generosa disposición del Director del Museo Histórico
Nacional de Montevideo, Don Angel Ayestarán. Esta edición
se suma a los trabajos previos realizados en conjunto con el Uruguay,
que se iniciaron con el catálogo del Archivo de Andres Lamas,
y significa un paso más en la integración cultural
rioplatense.
Con la Fundación Restauro, la cual ha posibilitado
la impresión de este libro.
Y con el Dr. Ignacio Gutiérrez Zaldívar
por habernos permitido generosamente reproducir en la cubierta,
el óleo titulado «La oración de Manuelita»,
de la pintora francesa Léonie Matthis, cuadro que integra
su colección particular.
Algunas palabras sobre esta obra
Entre las tendencias historiográficas de
nuestro tiempo surgen con una gran vitalidad, aquellas preocupadas
por los estudios biográficos y por las investigaciones en
torno a una gran variedad de temas que podrían inscribirse
en el «ámbito de lo privado». En estos trabajos
el individuo asume una nueva dimensión. Ellos consiguen invadir
dominios que tradicionalmente habían sido considerados como
secretos o reservados. Individuo y comunidad mantienen relaciones
fluctuantes y permeables. En este reino de lo doméstico,
la figura femenina adquiere singular relieve. Más aún
cuando su actuación también ha transcendido a la «esfera
de lo público».
En esta inteligencia, el Archivo General de la
Nación decidió publicar el epistolario entre Manuela
Rosas y Antonino Reyes conservado en Montevideo, retomando las ediciones
de fuentes durante tanto tiempo postergadas. Dos de estas cartas
ya habían sido editadas por Antonio Dellepiane en su obra
Rosas y son las fechadas el 18 de julio de 1890 y el 3 de junio
de 1891. Si bien en la actualidad este tipo de auxiliares descriptivos
no son muy frecuentes; en este caso particular puede resultar valioso
dado que gracias a la edición, los investigadores argentinos
podrán acceder con mayor facilidad a unos documentos que
se encuentran depositados fuera del país.
En la presente correspondencia, lo cotidiano tiene
un lugar destacado, y se revela una Manuelita notablemente diferente
a la «princesa de las pampas» anfitriona de Palermo.
Ya envejecida y alejada de la escena política en el prolongado
exilio inglés, otros asuntos ocupaban su atención,
en especial la dirección de la casa y el cuidado del patrimonio,
tareas que se vio obligada a asumir ante la falta del padre y la
enfermedad del marido. La administración de la fortuna, el
recibo y la distribución de la renta, la contabilidad familiar,
el pago de las cuentas, los trámites bancarios y los reclamos
por la confiscación de la herencia, fueron algunos de los
asuntos que la absorbieron. En el tratamiento de la economía
hogareña, debió enfrentar los problemas derivados
de las bruscas oscilaciones del oro provocadas por la crisis financiera
del 90. Por lo demás, el pasado no se había diluido
totalmente de sus escritos. Manuela sentía la responsabilidad
de reivindicar la figura paterna, refutar los juicios adversos que
se publicaban en los diarios y revistas de la época y rectificar
la visión de los hechos históricos. Era necesario
cambiar el capítulo que se le había dedicado al Gobierno
de Rosas en la historia oficial, escrita por los hombres del 80
y en especial por Vicente Fidel López, para cimentar un Estado
Nacional recientemente fundado. Y en ese giro que ella pretendió
darle a los acontecimientos, procuró minimizar su propia
participación en la historia argentina. Así se lo
aseguró a Reyes a partir de una controversia en torno a Oribe
«Tampoco es cierto que yo tomase parte
alguna oficialmente de asuntos públicos o políticos
durante la Administración de mi lamentado padre, cuando creo,
que hice cuanto me fue dado para desempeñarme en los actos
privados y sociales con la dignidad que correspondía a nuestra
posición.»
Al interlocutor lo ligaba una estrecha amistad,
que lo convirtió en su confidente preferido - ella misma
lo llamaba «mi secretario privado y confidencial» -
y que fue capaz de sobrevivir al dilatado exilio. Fue por su intermedio
que comenzó a escribirle a Saldías - calificado en
sus escritos como «Angel protector» -, remitiéndole
valiosos materiales para su Historia de la Confederación
Argentina, obra pionera del naciente revisionismo histórico.
Poco después y ya en Londres, le entregará el archivo
completo de su padre, que posteriormente fue transferido a nuestro
repositorio. Su última contribución al patrimonio
cultural de los argentinos, fue la donación del sable que
el general José de San Martín le había legado
a Rosas en su testamento, aspecto que desarrolla pormenorizadamente
en su carta del 18 de febrero de 1897.
En esta edición los documentos fueron transcriptos
textualmente, vale decir sin introducir modificaciones ni en el
estilo y ni en las puntuaciones, por cuanto como señalara
Raúl Montero Bustamante, en ellos «Abundan los giros
elegantes e ingeniosos, las bellas frases, y están llenas
de elevados pensamientos...esta original mujer escribe con encantadora
gracia y, a veces, con rara elegancia.» No obstante el lector
debe tener en cuenta que en ocasiones, el copista Reyes Thévenet
corrigió los textos. A fin de agilizar y hacer más
comprensible la lectura, se decidió modernizar la ortografía.
En el caso de los apellidos se conservó la forma de escritura
del original, acompañada de la expresión sic.
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