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Detalle del monumento
a Güemes en la ciudad de Salta. |
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Detalle de la acuarela de
Antonio González Moreno que ilustra el momento de la
Declaración de la Independencia. |
La Declaración
de la Independencia
El país no pasaba por un buen momento
en lo económico, ni tampoco en lo político y lo militar.
La amenaza de el envío de tropas españolas y la presencia
de las mismas en el norte (controladas con mucho esfuerzo por las
guerrillas de Güemes) colocaban a las Provincias Unidas en
una situación comprometida, agravada aún más
por las desavenencias internas entre los diferentes grupos políticos
en torno a la forma de gobierno a implementar. Pese a todos los
inconvenientes, los congresistas reunidos en Tucumán declararon
solemnemente la independencia des estas provincias de España.
9 de julio de 1816. Por la mañana, en reunión solemne,
y en medio de honda expectativa, el secretario Juan José
Paso lee la proposición consiguiente, y luego pregunta a
los diputados si quieren "que las provincias de la Unión
sean una nación libre e independiente de los Reyes de España
y su metrópoli". Una aclamación cerrada por la
afirmativa sigue a la pregunta, y enseguida los diputados ratifican
individualmente su aprobación. El Acta respectiva es elocuente
y pone de manifiesto la emoción que embarga a los firmantes,
presididos por el diputado por San Juan, Francisco Narciso Laprida.
Una carta del diputado Darragueira a Tomás Guido, fechada
en Tucumán la noche del 9 de julio, informa lo ocurrido:
"Después de una larga sesión de nueve horas continuas
desde las ocho de la mañana en que nos declaramos en sesión
permanente hasta terminar de todo punto el asunto de la Declaración
de nuestra suspirada independencia, hemos salido del Congreso cerca
de oraciones con la satisfacción de haberla concluido, y
resuelta de unanimidad de votos nemine discrepante (sin que nadie
discrepe) en favor de dicha independencia que se ha celebrado aquí
como no es creíble, pues la barra, en todo el gran patio,
y la calle del Congreso han estado desde el medio día lleno
de gente, oyendo los que podían los debates, que sin presunción
puedo asegurar a Ud. que han estado de lo mejor."
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Portada del manuscrito
de las Actas secretas del Congreso, publicadas en formato
facsimilar por la Junta de Historia y Numismática en
1926. |
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Portada de El
Redactor del Congreso Nacional, del 11 de mayo de 1816. En
este periódico, desde comienzos de julio de 1816, se
eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a
ponderar lo sudamericano |
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Portada de una reproducción
del Acta de Independencia. Para conocimiento de la población
toda, se publicaba en español, quechua y aymará,
lenguas habladas habitualmente en el territorio que se independizaba.
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Los problemas políticos internos de la Provincias
Unidas eran serios; la discordia y la divergencia de intereses regionales
eran la moneda corriente; Tulio Halperín Donghi describe
la delicada situación que se vivía en julio de 1816:
"La unanimidad se hace en torno de la declaración de
independencia, votada el 9 de julio y solicitada antes ansiosamente
por San Martín, pero se rompe en torno del problema de la
forma de gobierno. El 6 de julio Belgrano ha defendido elocuentemente
la restauración de la monarquía incaica; a su juicio
los directores de la política europea no podrán poner
objeciones de principio a esta inesperada aplicación ultramarina
de las doctrinas legitimistas. La monarquía incaica no sólo
debería reconciliar a la revolución porteña
con Europa; también la reconciliaría con su ámbito
americano, en que se implanta mal; transformaría definitivamente
la revolución municipal en un movimiento de vocación
continental. Las discusiones que siguen no llegan a conclusiones
precisas; el diputado Oro, de San Juan, pide que el Congreso no
resuelva este asunto tan grave sin consultar a los pueblos; por
su parte, se retira de la discusión, alegando carecer de
instrucciones. El diputado Anchorena, revelando demasiado bien tras
sus consideraciones inspiradas en Montesquieu cuál es la
razón de su alarma, señala que en el vasto país
las diferencias de la naturaleza las crean los temperamentos: la
montaña siente y piensa de un modo y la llanura de otro.
¿Quiere decir Anchorena que la llanura es republicana y la
montaña monárquica, o más bien que es la montaña
la más apegada a la tradición prehispánica,
o finalmente expresa de modo eufemístico su horror ante la
idea de ver a un indio peruano gobernando a su Buenos Aires? En
todo caso la solución que propone es la que la sabiduría
política porteña volverá a descubrir cada vez
que pierde la hegemonía sobre el país: acaso éste
está hecho para ser federal... Llevado el debate a términos
tan generales y elevados, no es extraño que no desemboque
en ninguna resolución, aunque los proyectos monárquicos
serán constantemente debatidos, y sucesivamente el oscuro
descendiente de los incas que vivía aún en algún
lugar del Perú, el no más ilustre Borbón de
Luca, los indeterminados parientes pobres de la casa real inglesa
serán examinados como futuros cónyuges de una infanta
portuguesa y soberanos del Río de la Plata."
(Tomado de: Tulio Halperín Donghi, De la revolución
de independencia a la confederación rosista, Buenos Aires,
Paidós, 1989, págs.: 113-114.)
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Credencial utilizada en el
Congreso de Tucumán. |
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