Presentación de la edición
El Archivo General de la Nación, una vez más, cumple
con el propósito de extender su función de repositorio
y resguardo documental de la memoria histórica de los argentinos.
Desde tiempo atrás y más proficuamente en el último
trienio, hemos engrosado y enriquecido las series afines de publicaciones
destinadas a orientar y facilitar la consulta de los estudiosos
e investigadores, en unos casos, y, en otros, ilustrar acerca
de los aspectos complementarios del pensamiento y la creación
de personalidades ilustres y ejemplares de la cultura nacional.
El acervo archivístico con que contamos es vasto y variado:
escrituras, cartas, libros, folletos, fotografías, videos,
etc., comprende más de un siglo y medio de existencia institucional
colectando testimonios de toda índole y valoración,
cuyo ordenamiento silencioso, prolijo y técnicamente responsable
ha favorecido el asesoramiento al público y prestado bases
científicas y confiables a la tarea de averiguación
y búsqueda de antecedentes de la historiografía
actual. La riqueza del material preservado, sin duda, es de excelencia
tal que ha sido reconocida internacionalmente por la UNESCO.
Nos habíamos propuesto - y lo dimos por anticipado - metodizar
y editar los papeles de los López (Vicente López
y Planes, Vicente Fidel López y Lucio Vicente López).
La saga familiar abarca cronológicamente alrededor de
un siglo de la vida del país, en un período que,
a grandes rasgos, podemos incluír desde los años
de la Colonia, cruzando los de la causa independentista, hasta
los de la afirmación de la organziación nacional,
con su amplia gama de personajes y sucesos, actitudes e ideas
que representan, a la postre, un proceso sorprendente de formación
y ubicación de la Argentina en el concierto mundial.
El caso de los López es, practicamente, único en
la crónica de nuestra historia. La mutabilidad política
de esas etapas, a las que asistieron como protagonistas o testigos,
fue de tamaña magnitud que no pudieron soslayar ni ajenarse
de la contingencia, proveyendo a ese largo capítulo fundacional
y cívico el talento y la inteligencia, así como
la habilidad estratégica, que les eran comunes. Creemos
que aún no se ha profundizado en exceso en la importancia
de los López como actores del proyecto de una nacionalidad
que abarcó la centuria más fragorosa y dinámica
de la Argentina.
El archivo y colección instrumental de los López,
que ofrecemos con natural complacencia, es la indización
prolija y seria de un lote sustancial de comprobantes históricos
que, si bien constituye la fuente de algunos trabajos de pesquisas
anteriores y conocidos, ahora estará al alcance de los
examinadores con máxima rapidez. Bien sabemos, y conviene
refrescarlo, que la labor de los investigadores y consultantes
es, a ratos, extensa y fatigante y no siempre se reconoce ese
tiempo de consulta y elaboración. Es función del
Archivo, pues, acudir en el soporte de esos afanes intelectuales.
Los López - en esa unidad patronímica de la diversidad
activa - reiteramos, no pueden ser soslayados del panorama integral
de la vida argentina. Algunos detalles de su actuación
política y pública son aportados en el prólogo
de este libro. No obstante, no es ocioso agregrar referencias
que permitan,en lo posible, elaborar un retrato más afable
de cada una de esas personalidades, sin duda entramadas por el
acontecer histórico pero, a la vez, individualmente impares.
Nunca mejor aplicado el axioma de que todo ser humano es único
e irrepetible.
A López y Planes, le enaltece, por cierto, ser el autor
del poema que constituye el Himno Nacional, marcha patriótica
a la que Blas Parera puso en partitura y Juan P. Esnaola arregló
asignándole la solemnidad adecuada. Fue «la voz auténtica
de las emociones verdaderas», un digno modelo del más
noble y leal patriotismo.Sus reminiscencias virgilianas, propias
en los vates de la época y demostrativas de sus raíces
literarias, no despojaron de interés y de respeto a su
obra, siempre exaltando los acontecimientos y los triunfos de
las luchas en pos de la libertad y de la independencia.
En Vicente Fidel encontramos al cronista intelectual de Mayo.
Tuvo ideales altísimos y una pasión contagiosa que
revelaron su clara tendencia democrática. La versión
de la realidad histórica, a través de aspectos autobiográficos,
constituye uno de los eslabones escritos que sustentaron aquel
historicismo en agraz. Narrador por antonomasia, sus novelas subrayan
el estilo directo y su temperamento clásico. En la prosa
novelada de sus folletines - escrita a la par de artículos
periodísticos, polémicas y cartas - no dejó
afuera la fidelidad de los testimonios y comentarios que alentaron
su pluma y, contra sus propias predicciones, legó una obra
meritoria.
En cuanto respecta a Lucio Vicente, el tercero de la dinastía
de los Lopez, muerto trágicamente, fue un poeta adolescente
y un novelista de costumbres bonaerenses. Viajero habitual, como
muchos otros argentinos de finales del siglo pasado, reflejó
en páginas de agradable relectura sus recuerdos de trashumante
europeo. Le tocó en suerte ser testigo de las transformaciones
de la sociedad del Viejo Mundo, más especialmente en sus
cambios ideológicos y religiosos.
Rechazó la inmigración indiscriminada, aunque admiró
la mezcla de razas. Creyó, románticamente, en una
literatura moralizadora y su espíritu exquisito y transparente
brilló en la crítica de arte.
Nada, acaso, más revelador de la condición y la
conciencia del hombre que su epistolario. Allí queda, por
lo general, el zumo del alma, sus aciertos y contradicciones honestas,
el abra de la criatura en su devenir fugaz por el erial de la
existencia. En las cartas escritas o recibidas, las señales
vitales suelen escapar del prejuicio y el condicionamiento. Y
esos textos manuscritos y ocres, reunidos en un «corpus»
cuyo sumario registramos en este tomo, reactualizan, a nuestro
leal entender, la cita de Bacon: «La antigüedad del
tiempo es la juventud del mundo». Nuestra mayor recompensa
sería que este volumen fuera una aportación útil
y eficaz..
Prólogo
La presente obra describe el vasto fondo documental producido
y recibido por la familia López, y comprende casi un siglo
de historia argentina. Tres hombres de esta ascendencia se fueron
articulando en cuatro generaciones del siglo XIX, y se constituyen
en hitos visibles, tanto de la etapa fundacional de la Nación,
como del proceso de construcción del Estado y de formación
cultural del país.
La Generación de 1810 fue indudablemente la que forjó
la nacionalidad. A ella estuvo ligado Vicente López y Planes
(1784-1856), quien a lo largo de su dilatada carrera pública,
asumió las más altas responsabilidades en dos momentos
críticos. En ambas ocasiones su prestigio y honorabilidad
lo llamaron a representar un papel protagónico. Durante
el transcurso de la crisis que provocó la renuncia de Bernardino
Rivadavia a la Presidencia - en medio de la Guerra del Brasil
-, y que terminaría por quebrantar una vez más la
precaria unidad nacional, debió asumir la titularidad del
ejecutivo. Veinticinco años después, tras la batalla
de Caseros, se encargó de la Gobernación de Buenos
Aires en forma provisional. La República se consagraba
al ordenamiento institucional, superado el áspero y extenso
período de Rosas, con el que sin embargo López no
dejó de colaborar desde un encumbrado sitial en el Superior
Tribunal de Justicia. Pero desaparecido el Gobernador, nadie lo
molesta ni lo perturba, y recibe el respeto de sus compatriotas.
Es la hora de la Organización Nacional y él es la
figura más respetable y respetada. El recuerdo de la posteridad
empero, no deriva tanto del hecho político como de la autoría
de la «Marcha Patriótica», una pieza poética
de influencia clásica, que posteriormente se convertiría
en el Himno Nacional Argentino.
A la Generación del 37, que vivió la azarosa vida
de los exiliados, perteneció su hijo (1815-1903). Estos
jóvenes aprovecharon los largos períodos de inactividad
del destierro para plasmar su ideal romántico en la literatura,
y delinear simultáneamente un proyecto nacional, a partir
de la noción básica de soberanía de la clase
letrada. El programa que se impacientaban por llevar a la práctica,
estaba previamente concebido y poco contaba la experiencia histórica.
Vicente Fidel, asiduo concurrente de los salones literarios aglutinados
en torno a Esteban Echeverría; organizador de la Asociación
de Mayo en 1838; partícipe del levantamiento antirrosista
de Córdoba, un tema ausente en la prolífica correspondencia
con su padre a fin de evitar riesgos inútiles; docente,
periodista y agudo observador en Chile y más adelante abogado
y miembro del grupo de Mitre en Montevideo, a pesar de su parentesco
sólo pudo retornar al país a la caída del
régimen.
Los cambios que experimentó la Joven Generación
hacia 1852 coincidieron con la madurez del rosismo, marcada por
una relativa tranquilidad política y por una visible prosperidad
económica. Pero la figura de Rosas seguía siendo
un estorbo para la materialización del proyecto de los
emigrados, al tiempo que constituía un anacronismo histórico,
que estos intelectuales sólo conseguirían erradicar
gracias al concurso de Urquiza y de las provincias litorales.
Apenas dos meses después de Caseros, la clase dirigente
de la que formaban parte rosistas y acérrimos enemigos
del caudillo porteño, sufrió un triple escisión.
Por un lado los urquicistas o federales, que apoyaban el Acuerdo
de San Nicolás y el regreso de Buenos Aires al redil de
la Confederación, y que estaban representados por Vicente
Fidel López, Marcos Paz, Hilario Lagos, Juan María
Gutiérrez y Francisco Pico. Tanto éste último
como López ya habían intervenido en la redacción
del Protocolo de Palermo. Por el otro los más duros provincialistas,
que sostenían a ultranza las libertades de la ciudad puerto
y que pasaron del aislacionismo a una postura claramente segregacionista.
Entre sus adherentes estaban Valentín Alsina, Carlos Tejedor,
Pastor Obligado, José Mármol y Adolfo Alsina. Finalmente
el tercer grupo dirigido por Bartolomé Mitre e integrado
también por Rufino de Elizalde y Domingo Faustino Sarmiento,
levantaba la bandera del nacionalismo y de la organización
nacional, pero con Buenos Aires como cabeza y organizadora del
sistema federal. Si los dos últimos partidos no tardarían
en unirse bajo la égida del liberalismo, se volverían
a escindir en autonomistas o alsinistas y nacionales o mitristas.
En medio de las turbulencias que siguieron a la caída
de Rosas, urgía a Urquiza dar una base jurídica
a lo que todavía era un poder de facto, y lógicamente
el punto de partida eran las autoridades provinciales ya constituidas.
Vicente Fidel López fue el vocero de la tesis del entrerriano.
Mientras los liberales pretendían la institucionalización
del poder, López defendía la premisa de arribar
a la legalidad por el camino de la personalización del
poder. El Acuerdo de San Nicolás determinaba que hasta
tanto se sancionara la anhelada Constitución Nacional,
el vencedor de Caseros actuaría como Director Provisorio
de la Confederación Argentina. Esta cláusula fue
ampliamente rechazada por Buenos Aires. Aún resentida por
la invasión de los caudillos provinciales, temía
que tras el alejamiento de Rosas, se produjera una nueva concentración
de la autoridad, pero esta vez en beneficio del interior y con
el peligro de una compulsiva nacionalización de las rentas
aduaneras, única fuente de recursos genuinos. Los porteños,
aunque repudiaban la dictadura pasada, no habían olvidado
su exitoso sistema financiero. López, en ese entonces ministro
de instrucción pública de su padre, se vio obligado
a defender el documento junto a Francisco Pico y Juan María
Gutiérrez contra Mitre y Vélez Sársfield,
en los debates que la historia conoce con el nombre de las Jornadas
de Junio. El hombre que había comenzado a pensar en una
historia nacional, proclamaba frente a un auditorio mayoritariamente
hostil
« Y aquí señores, me honro con la declaración
que hago: que amo como el que más al pueblo de Buenos Aires
en donde he nacido!. ¡Pero alzo mi voz para decir que mi
patria es la República Argentina y no Buenos Aires!.»
Para pasar después a recordarle a la barra
« El provincialismo, señores, es hoy absurdo. No
hace mucho que la Provincia de Buenos Aires, había renunciado
al honor y a la fama; y se había entregado a un tirano
dándole sus rentas y sus soldados...Muchas leyes hay votadas
en este mismo lugar que comprueban lo que he dicho, renunciando
Buenos Aires a su honor, a su libertad y a su fama.»
El punto en discusión era naturalmente el exceso de facultades
otorgadas a Urquiza, y si bien la oratoria de quienes defendían
el Acuerdo fue magistral, no alcanzó para evitar el recrudecimiento
de las luchas civiles y la disgregación de Buenos Aires,
que insistía en no prestar su consentimiento a un mandato
provisional gestado en el interior.
En los primeros años fracasaron, tanto la aventura intentada
por el estado rebelde para derrocar a Urquiza, a través
de una expedición militar encabezada por Hornos y Madariaga;
como la sublevación rural de Hilario Lagos y el bloqueo
de la escuadra de Coe. Las tropas terrestres y el comandante naval
cambiaron su celo confederal por el oro porteño. En medio
de las dificultades, la Constitución de 1853 por fin legalizaba
el poder de facto y Urquiza era electo presidente. No obstante
Buenos Aires profundizaba las diferencias, al punto de constituirse
en un estado con el libre ejercicio de su soberanía interna
y externa. Es más, su flamante gobernador Pastor Obligado,
separatista intransigente, abría el camino del destierro
para los opositores. Alsina fue el continuador de la política
dura y López también tuvo que partir. Las cartas
a los amigos demuestran que su adhesión al Gobierno de
Paraná habría de costarle no pocas amarguras.
Hacia 1858 los acontecimientos de San Juan, donde perdió
la vida el gobernador Benavídez, y la intervención
de ambas partes en los asuntos internos del Estado Oriental, desembocaron
en la batalla de Cepeda y posteriormente en la firma del Pacto
de Unión Nacional de San José de Flores, contundente
paso en la derrota definitiva de los separatistas.
Pero la paz fue efímera. Un nuevo crimen en la provincia
cuyana, esta vez contra el interventor Virasoro, que había
sido designado en tiempos del ex Presidente, sumado al nombramiento
de Pastor Obligado en el gabinete del gobernador Mitre, a las
disidencias con el presidente Derqui, y a las objeciones de las
provincias a los pliegos presentados por los diputados porteños
al Congreso Nacional, provocaron otra vez la ruptura y un nuevo
conflicto armado. Mitre buscaba revertir el esquema geopolítico
instaurado en Cepeda, por el cual su provincia aparecía
aislada frente a todo el interior. Fracasadas las mediaciones
diplomáticas, ambos ejércitos se encontraron en
el arroyo de Pavón durante la primavera de 1861. Pese a
que la derrota de los confederales no fue decisiva en el campo
de batalla, valiosas piezas de artillería quedaron en poder
del enemigo, problema que no dejaba de ser dramático para
un estado insolvente, sin dinero y sin crédito.
En realidad fue Mitre el que capitalizó el resultado de
la batalla. Un acuerdo con Urquiza le permitía derribar
a las autoridades nacionales, actuar a discreción sobre
las provincias interiores y restablecer la Constitución.
A cambio el caudillo entrerriano se conformaba con conservar la
preeminencia en su provincia natal. La hegemonía había
pasado irremediablemente a una Buenos Aires de signo liberal,
y Mitre asumía la presidencia de la República bajo
el lema Nacionalidad, Constitución y Libertad. Vale decir
una Nación unida superior a las partes, una Constitución
federal como instrumento de un gobierno fuerte y centralizado,
y el reaseguro de las libertades políticas y civiles que
proclamaba el liberalismo.
Los dieciocho años siguientes fueron de transición.
Si el período se abre con la conquista de Buenos Aires
como desenlace de la guerra civil, se cierra también con
otra conquista de Buenos Aires. El progreso fue rápido
como intensos los altibajos. Dos enfrentamientos armados entre
el país y su primera provincia, por lo menos dos alzamientos
en el interior, conatos de guerra civil, una cruenta campaña
contra el indio y una guerra internacional, fueron algunos de
los costos que se pagaron. Consolidada la nacionalidad argentina
luego de Pavón, quedaba pendiente la ardua empresa de construcción
del Estado, que exigía una definición institucional
precisa y la profesionalización del Ejército como
garante del sistema. Sólo así se cancelaría
la secuela más difícil que dejó la guerra
de la independencia: el colapso institucional.
En la correspondencia de esta época, López revela
su preocupación por la marcha del proceso de Organización
Nacional, reflexionando sobre los hechos pasados, y sin perder
de vista que él también es un hombre político,
se dedica con tenacidad a sus actividades empresariales. En una
etapa en que en la Argentina todo estaba por hacerse y en un contexto
internacional caracterizado por la expansión del centro
capitalista hacia la periferia, pudo incursionar con importantes
ganancias en los negocios inmobiliarios, los ferrocarriles, la
minería, la navegación de cabotaje y el tráfico
mercantil. Por lo demás no había abandonado totalmente
la vida pública. En 1868 ocupó el rectorado de la
Universidad de Buenos Aires, entre 1879 y 1883 la presidencia
del Banco de la Provincia, desde 1871 hasta 1880 una banca en
diputados, en 1873 fue miembro de la Convención Constituyente,
y en la sublevación armada de Tejedor, intervino activamente
en las negociaciones entre ambos bandos, según se deduce
de su correspondencia.
Los diez volúmenes de su Historia de la República
Argentina aparecieron entre 1883 y 1893, y recogieron una parte
significativa de los postulados de la Generación del 80.
López aportaría sus ideas de progreso ordenado y
de libertad racional. Sus modelos políticos son el parlamentarismo
inglés, donde se identifica con las tradiciones del partido
whig, el Chile de la República conservadora y oligárquica,
y el Brasil imperial. Estos países, al menos para la fecha
en que Vicente Fidel escribe, habían conseguido eludir
los riesgos de un electoralismo que él condenaba. Como
muchos de los hombres del 80 pensaba que la república democrática
era posible, no tanto por medio del sufragio, sino más
bien de la opinión pública, la cuarta fuerza del
estado. El periodismo libre constituía el foro natural
de la opinión pública, y su efecto acumulativo sería
capaz de formar con el tiempo una ciudadanía activa.
El escritor de ficción de El Capitán Vargas (1846-1850),
La novia del hereje (1854), y El último de los Pizarro
(c.1856), se lanzaba a explorar el pasado con el objeto de justificar
las opciones políticas del presente. En tal sentido el
liberalismo no aparecía como una de las filosofías
en pugna con otras filosofías igualmente válidas,
sino que era el pensamiento de la civilización y el hacedor
del mundo moderno. En el Prefacio de la obra se adelantaba a definir
los fundamentos de la historiografía liberal
« Si se entiende por imparcialidad el indiferentismo para
con uno y otro lado de estos debates y de estas luchas, que son
la materia fundamental de la historia política; si se exige
la falta de pasiones propias en la contienda de los principios;
la impasibilidad del criterio moral en el choque de los intereses,
y las ambigüedades del juicio moral entre el crimen y la
virtud, entre los grandes patriotas y los egoístas o los
criminales que hayan conculcado, en aquellas luchas, las leyes
del honor, del deber, de la libertad y del patriotismo, declaramos,
desde luego, que no somos imparciales. Tenemos partido y tenemos
opiniones liberales.»
para terminar haciendo suya una afirmación de Lanfrey
sobre los fines de la historia, que demuestra tal como señala
Halperín Donghi, que López no se resignaba a que
el pasado fuera nada más que pasado
« No me disculpo de haber buscado en mi narración
enseñanzas a nuestra situación política...Ellas
son los que dan a la historia su profundo atractivo, su benéfica
influencia, su inagotable verdad, aun al tratar de lo ya sabido.
En este sentido, la historia tiene una respuesta siempre pronta
para el que la interroga. No hay situación que no tenga
en ella su precedente, su correctivo o su ejemplo para todos los
tiempos; y las lecciones que se toman de los enemigos, no son
las menos preciosas. Lo difícil no es sacarlas a la luz,
sino encontrar una nación que tenga bastante juicio y sensatez
para oírlas y bastante energía propia para aprovecharlas.»
Un estado en formación necesitaba de una historia oficial.
Mitre y López, aunque con diferentes perspectivas, se encargaron
de escribirla.
En la última década del siglo XIX, las vertiginosas
transformaciones de la economía mundial no sólo
ofrecieron a la Argentina grandes oportunidades, sino que además,
trajeron graves riesgos. La crisis de 1890 interrumpió
por algunos años el período de crecimiento iniciado
en los 80, a partir de la expansión sostenida de las exportaciones
agropecuarias. La colocación de los saldos exportables
se había basado en la incorporación constante de
tierras, mano de obra y capitales al proceso productivo. Los ahorros
generados en el país y en el exterior, pero sobre todo
en el exterior, se invirtieron en mejoras rurales, ferrocarriles,
construcción de viviendas y capital social, siendo en un
60 % de procedencia británica. El comportamiento de las
inversiones europeas influyó no sólo en el desarrollo
económico sino también en su modalidad despareja.
En efecto la inversión extranjera directa en el rubro manufacturas,
fue comparativamente menor a la realizada en infraestructura social
básica, y aún menor con respecto a la colocación
en bonos públicos. López y su hijo, Lucio Vicente,
advertían en sus escritos sobre los peligros de una economía
por demás sujeta a las perturbaciones internacionales,
vale decir dependiente del capital externo y de los mercados internacionales.
Ambos compartían una postura favorable al proteccionismo
y a la industrialización, aunque sus preferencias se inclinaran
más hacia aquellas industrias derivadas de las materias
primas de producción nacional. Diecisiete años antes
de la depresión económica más profunda del
siglo XIX, Lucio escribía en la Revista del Río
de la Plata
« Somos dependencia del comercio extranjero y de las conmociones
que lo agitan; nuestra producción, es decir, nuestra materia
prima que es lo único que la constituye, depende necesariamente
de la demanda de los mercados extranjeros. Ellos nos fijan la
línea a que puede llegar. Ellos nos tienen bajo su tutela
despótica por más que queremos encomiar la bondad
y el liberalismo de nuestro sistema económico.»
Los malos presagios se cumplieron. La crisis inglesa sacudió
la actividad económica argentina. Como se había
tomado mucho capital extranjero para apresurar el proceso expansivo,
la deuda constituyó un gravamen sobre la producción
y las ganancias, y vino a sumarse a las erogaciones en concepto
de pago de los intereses ferroviarios. En un primer momento, las
buenas perspectivas que ofrecía el país estimularon
el ingreso masivo de capitales, que fue lo que compensó
el déficit del comercio exterior después de 1881.
En virtud de que las ganancias prometidas no se materializaron
en el corto plazo - todo proyecto requiere tiempo para su maduración
-, los inversores reconsideraron la posibilidad de nuevas operaciones.
Es decir que al crédito fácil siguió una
crisis profunda en la balanza de pagos, dado que los préstamos
extranjeros declinaron antes de que la inversión cristalizara.
Además las exportaciones no pudieron crecer al mismo ritmo
que el incremento en el precio de la deuda externa. La inversión
subió hasta 1888 para caer en 1891, el peor año
de la depresión, cuando los intereses de la deuda alcanzaron
al 60 % de las exportaciones. Como consecuencia de la caída
en los préstamos y del emisionismo, que desde 1885 venía
elevando la circulación monetaria a una tasa anual del
30 %, el valor del peso cayó en 1889, alarmando a los inversores
europeos y creando una desconfianza generalizada en el sistema
financiero. La Argentina pronto entró en cesación
de pagos y el 7 de abril de 1891 el Banco Nacional cerró
sus puertas. Pellegrini que sucedió a Juárez Celman,
desplazado por la Revolución de 1890, nombró a Vicente
Fidel López como Ministro de Hacienda. La Nación
debió hacerse cargo de los pasivos de las dos mayores entidades
bancarias oficiales y se creó el Banco de la Nación
Argentina y la Caja de Conversión, a la vez que se reordenaron
los impuestos internos. El problema de fondo se comenzó
a resolver en 1891, mediante un convenio con los acreedores externos.
Se suspendió el pago de los intereses de las deudas extranjeras,
que recién se reanudaría en 1897 pero ya respaldado
por el aumento en las exportaciones agropecuarias. Por otra parte
los financistas concedieron un empréstito de consolidación
garantizado con las rentas aduaneras, y la Argentina asumió
el compromiso de no solicitar más créditos en el
exterior por tres años.
Promediando la década del 90 la recuperación estaba
en marcha, impulsada por el potencial productivo nacional, que
logró mantenerse intacto en medio de la depresión.
La política de Pellegrini y de su Ministro de Hacienda,
sin alejarse del liberalismo, había dado sus frutos y López
podía volver satisfecho a la vida privada.
En sus últimos años continuó escribiendo
y ligándose a los medios editoriales que por ese entonces
florecían en Buenos Aires, sobre todo a la Librería
e Imprenta de Mayo de Carlos Casavalle. Terminó sus volúmenes
de la Historia Argentina y publicó La gran semana de 1810
(1896), el Compendio de historia argentina adaptado a la enseñanza
de los colegios nacionales (1886-1891), El Banco: sus complicaciones
con la política de 1826 y sus transformaciones históricas
(1891) y el cuento histórico La Loca de la Guardia (1896).
Durante el transcurso de su exilio en Montevideo y de su matrimonio
con Carmen Lozano, nació Lucio Vicente (1848-1894). Hijo
de una familia proscrita, por ley era ciudadano argentino.
Historiador como su padre porque, según Aníbal
Ponce, en su familia la historia se hacía y se escribía,
recibió una marcada influencia de su maestro Juan María
Gutiérrez, e inició su vida literaria y política
dentro de la corriente romántica y del pensamiento de la
Generación del 80. Su participación en contra de
la Revolución Mitrista de 1874 y su ingreso al periódico
«El Nacional», dirigido por Sarmiento, señalan
los comienzos de su trayectoria. En ese diario escribió
artículos breves pero urticantes, defendiendo la candidatura
de Aristóbulo del Valle a la Gobernación de Buenos
Aires, evocaciones literarias, críticas teatrales y ensayos.
Paralelamente colaboró en la «Revista de Buenos Aires»
de Vicente Quesada y Navarro Viola y en la «Revista del
Río de la Plata» de Gutiérrez, López
padre y Lamas. En 1880 disconforme con el curso que habían
tomado los asuntos públicos, viajó a Europa y recogió
sus experiencias en una obra titulada «Recuerdos de Viaje».
De regreso a Buenos Aires, intervino en la fundación del
«Sud-Americano» junto a Carlos Pellegrini y Paul Groussac.
Esta publicación fue una verdadera máquina política
al servicio del juarismo y constituyó un paradigma del
optimismo de la época. Fue lanzada cuando la prensa argentina,
al igual que el país, prosperaba rápidamente. En
1883, Ramón Cárcano le aconsejaba con realismo a
su amigo y mentor Juárez Celman
« Un diario para un hombre público es como un cuchillo
para el gaucho pendenciero: debe tenerse siempre a mano»
Si bien estos diarios existían antes que nada para participar
en el debate político, también aparecían
en ellos novelas en serie, cuentos y chismes sociales. Por lo
común tenían un carácter bastante satírico
y empleaban con frecuencia el absurdo. En uno de sus números,
el «Sud - América» caracterizaba así
a la Argentina
« La República tiene como peculiaridades sus grandes
ríos, su inmensa pampa, su cielo precioso, sus elevadas
montañas y su general Mitre. Produce papas, maíz,
toda clase de cereales, vacas e historias de San Martín.»
Ser periodista entonces no era sólo tener un empleo como
tal: todavía no era aceptable que alguien se prostituyera
por una causa a la que se oponía. El alto grado de compromiso
del personal con la prensa política, facilitaba el intercambio
de recursos humanos. El empleo era impredecible e inestable porque
los diarios eran el reflejo de la naturaleza inquieta de la política
en la Argentina. Un vuelco en las alianzas y enemistades personales,
requería un ajuste en la composición de la escena
periodística con la consiguiente liquidación de
algunas publicaciones, la creación de otras o la renuncia
del personal. Lucio Vicente no fue la excepción. A medida
en que se distanciaba de Juárez Celman y de los autonomistas,
también se desvinculaba del «Sud - América»
y entraba a formar parte del movimiento regenerador de la Unión
Cívica. Durante su permanencia en el diario y al margen
de las notas sueltas que por lo regular no firmaba, publicó
algunos cuentos de escaso mérito literario. Pero en 1884
editó en este medio su libro más famoso, La gran
aldea, donde intentó exponer y sintetizar el proceso de
transformación sufrido por Buenos Aires y sus habitantes.
Pese al éxito en las ventas, el autor no creía en
la perdurabilidad de su obra, según trasunta en una carta
a su amigo y confidente Miguel Cané
« Todo el mundo le ha caído. Amigos y enemigos,
pero se vende. Hace ocho horas que ha salido. Se han vendido 150
ejemplares...Ya te habrás convencido de lo que te decía:
un buen título, desperdiciado, el libro es malo, hecho
muy a la ligera: era un gran programa, es un mal examen...La crítica
le ha hecho bien al libro; ha despertado la curiosidad y me ha
favorecido la venta.»
La novela fue escrita febrilmente bajo la forma de folletín
y en la misma mesa de trabajo en la que preparaba sus artículos
de polémica política. Esto explica sus fallas de
estilo. Comentando la muerte de López, en 1896 el periodista
de «La Nación» anotaba con referencia a esta
obra
«Es, en gran parte, una novela «de clave»,
llena de alusiones personales y croquis tomados del natural, como
los de Disraeli, obedeciendo, por tanto, a un concepto «fotográfico»
del arte, que juzgamos subalterno. No obstante, el libro quedará
por algunos fragmentos excelentes: la conmovida introducción,
los retratos rebosantes de vida, algunas escenas sociales con
sus picantes diálogos, ese don terrible del epigrama arpado
que López disparaba con gracia infinita y que fue, sin
duda, la gran delicia y la gran amargura de su vida.»
La política, la diputación y los cargos públicos
terminaron por absorberlo. La Revolución de 1890 lo encuentra
entre sus combatientes. Más tarde acompaña a Aristóbulo
del Valle durante su breve ministerio. En 1893 fue designado interventor
en la provincia de Buenos Aires. Su acción depuradora de
la corrupción y saneadora de las instituciones bancarias,
y su excelente desempeño en la organización de las
elecciones, fueron los acontecimientos más destacados de
su gestión, pero también le significaron muchos
enemigos. Murió como vivió, bajo el signo del romanticismo.
Un duelo con el coronel Sarmiento, a quien López había
denunciado por una maniobra dolosa en el Banco Hipotecario, acabó
con su vida.