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Presentación de la edición

El Archivo General de la Nación, una vez más, cumple con el propósito de extender su función de repositorio y resguardo documental de la memoria histórica de los argentinos. Desde tiempo atrás y más proficuamente en el último trienio, hemos engrosado y enriquecido las series afines de publicaciones destinadas a orientar y facilitar la consulta de los estudiosos e investigadores, en unos casos, y, en otros, ilustrar acerca de los aspectos complementarios del pensamiento y la creación de personalidades ilustres y ejemplares de la cultura nacional.

El acervo archivístico con que contamos es vasto y variado: escrituras, cartas, libros, folletos, fotografías, videos, etc., comprende más de un siglo y medio de existencia institucional colectando testimonios de toda índole y valoración, cuyo ordenamiento silencioso, prolijo y técnicamente responsable ha favorecido el asesoramiento al público y prestado bases científicas y confiables a la tarea de averiguación y búsqueda de antecedentes de la historiografía actual. La riqueza del material preservado, sin duda, es de excelencia tal que ha sido reconocida internacionalmente por la UNESCO.

Nos habíamos propuesto - y lo dimos por anticipado - metodizar y editar los papeles de los López (Vicente López y Planes, Vicente Fidel López y Lucio Vicente López).

La saga familiar abarca cronológicamente alrededor de un siglo de la vida del país, en un período que, a grandes rasgos, podemos incluír desde los años de la Colonia, cruzando los de la causa independentista, hasta los de la afirmación de la organziación nacional, con su amplia gama de personajes y sucesos, actitudes e ideas que representan, a la postre, un proceso sorprendente de formación y ubicación de la Argentina en el concierto mundial.

El caso de los López es, practicamente, único en la crónica de nuestra historia. La mutabilidad política de esas etapas, a las que asistieron como protagonistas o testigos, fue de tamaña magnitud que no pudieron soslayar ni ajenarse de la contingencia, proveyendo a ese largo capítulo fundacional y cívico el talento y la inteligencia, así como la habilidad estratégica, que les eran comunes. Creemos que aún no se ha profundizado en exceso en la importancia de los López como actores del proyecto de una nacionalidad que abarcó la centuria más fragorosa y dinámica de la Argentina.

El archivo y colección instrumental de los López, que ofrecemos con natural complacencia, es la indización prolija y seria de un lote sustancial de comprobantes históricos que, si bien constituye la fuente de algunos trabajos de pesquisas anteriores y conocidos, ahora estará al alcance de los examinadores con máxima rapidez. Bien sabemos, y conviene refrescarlo, que la labor de los investigadores y consultantes es, a ratos, extensa y fatigante y no siempre se reconoce ese tiempo de consulta y elaboración. Es función del Archivo, pues, acudir en el soporte de esos afanes intelectuales.

Los López - en esa unidad patronímica de la diversidad activa - reiteramos, no pueden ser soslayados del panorama integral de la vida argentina. Algunos detalles de su actuación política y pública son aportados en el prólogo de este libro. No obstante, no es ocioso agregrar referencias que permitan,en lo posible, elaborar un retrato más afable de cada una de esas personalidades, sin duda entramadas por el acontecer histórico pero, a la vez, individualmente impares. Nunca mejor aplicado el axioma de que todo ser humano es único e irrepetible.

A López y Planes, le enaltece, por cierto, ser el autor del poema que constituye el Himno Nacional, marcha patriótica a la que Blas Parera puso en partitura y Juan P. Esnaola arregló asignándole la solemnidad adecuada. Fue «la voz auténtica de las emociones verdaderas», un digno modelo del más noble y leal patriotismo.Sus reminiscencias virgilianas, propias en los vates de la época y demostrativas de sus raíces literarias, no despojaron de interés y de respeto a su obra, siempre exaltando los acontecimientos y los triunfos de las luchas en pos de la libertad y de la independencia.

En Vicente Fidel encontramos al cronista intelectual de Mayo. Tuvo ideales altísimos y una pasión contagiosa que revelaron su clara tendencia democrática. La versión de la realidad histórica, a través de aspectos autobiográficos, constituye uno de los eslabones escritos que sustentaron aquel historicismo en agraz. Narrador por antonomasia, sus novelas subrayan el estilo directo y su temperamento clásico. En la prosa novelada de sus folletines - escrita a la par de artículos periodísticos, polémicas y cartas - no dejó afuera la fidelidad de los testimonios y comentarios que alentaron su pluma y, contra sus propias predicciones, legó una obra meritoria.

En cuanto respecta a Lucio Vicente, el tercero de la dinastía de los Lopez, muerto trágicamente, fue un poeta adolescente y un novelista de costumbres bonaerenses. Viajero habitual, como muchos otros argentinos de finales del siglo pasado, reflejó en páginas de agradable relectura sus recuerdos de trashumante europeo. Le tocó en suerte ser testigo de las transformaciones de la sociedad del Viejo Mundo, más especialmente en sus cambios ideológicos y religiosos.

Rechazó la inmigración indiscriminada, aunque admiró la mezcla de razas. Creyó, románticamente, en una literatura moralizadora y su espíritu exquisito y transparente brilló en la crítica de arte.

Nada, acaso, más revelador de la condición y la conciencia del hombre que su epistolario. Allí queda, por lo general, el zumo del alma, sus aciertos y contradicciones honestas, el abra de la criatura en su devenir fugaz por el erial de la existencia. En las cartas escritas o recibidas, las señales vitales suelen escapar del prejuicio y el condicionamiento. Y esos textos manuscritos y ocres, reunidos en un «corpus» cuyo sumario registramos en este tomo, reactualizan, a nuestro leal entender, la cita de Bacon: «La antigüedad del tiempo es la juventud del mundo». Nuestra mayor recompensa sería que este volumen fuera una aportación útil y eficaz..

Prólogo

La presente obra describe el vasto fondo documental producido y recibido por la familia López, y comprende casi un siglo de historia argentina. Tres hombres de esta ascendencia se fueron articulando en cuatro generaciones del siglo XIX, y se constituyen en hitos visibles, tanto de la etapa fundacional de la Nación, como del proceso de construcción del Estado y de formación cultural del país.

La Generación de 1810 fue indudablemente la que forjó la nacionalidad. A ella estuvo ligado Vicente López y Planes (1784-1856), quien a lo largo de su dilatada carrera pública, asumió las más altas responsabilidades en dos momentos críticos. En ambas ocasiones su prestigio y honorabilidad lo llamaron a representar un papel protagónico. Durante el transcurso de la crisis que provocó la renuncia de Bernardino Rivadavia a la Presidencia - en medio de la Guerra del Brasil -, y que terminaría por quebrantar una vez más la precaria unidad nacional, debió asumir la titularidad del ejecutivo. Veinticinco años después, tras la batalla de Caseros, se encargó de la Gobernación de Buenos Aires en forma provisional. La República se consagraba al ordenamiento institucional, superado el áspero y extenso período de Rosas, con el que sin embargo López no dejó de colaborar desde un encumbrado sitial en el Superior Tribunal de Justicia. Pero desaparecido el Gobernador, nadie lo molesta ni lo perturba, y recibe el respeto de sus compatriotas. Es la hora de la Organización Nacional y él es la figura más respetable y respetada. El recuerdo de la posteridad empero, no deriva tanto del hecho político como de la autoría de la «Marcha Patriótica», una pieza poética de influencia clásica, que posteriormente se convertiría en el Himno Nacional Argentino.

A la Generación del 37, que vivió la azarosa vida de los exiliados, perteneció su hijo (1815-1903). Estos jóvenes aprovecharon los largos períodos de inactividad del destierro para plasmar su ideal romántico en la literatura, y delinear simultáneamente un proyecto nacional, a partir de la noción básica de soberanía de la clase letrada. El programa que se impacientaban por llevar a la práctica, estaba previamente concebido y poco contaba la experiencia histórica. Vicente Fidel, asiduo concurrente de los salones literarios aglutinados en torno a Esteban Echeverría; organizador de la Asociación de Mayo en 1838; partícipe del levantamiento antirrosista de Córdoba, un tema ausente en la prolífica correspondencia con su padre a fin de evitar riesgos inútiles; docente, periodista y agudo observador en Chile y más adelante abogado y miembro del grupo de Mitre en Montevideo, a pesar de su parentesco sólo pudo retornar al país a la caída del régimen.

Los cambios que experimentó la Joven Generación hacia 1852 coincidieron con la madurez del rosismo, marcada por una relativa tranquilidad política y por una visible prosperidad económica. Pero la figura de Rosas seguía siendo un estorbo para la materialización del proyecto de los emigrados, al tiempo que constituía un anacronismo histórico, que estos intelectuales sólo conseguirían erradicar gracias al concurso de Urquiza y de las provincias litorales.

Apenas dos meses después de Caseros, la clase dirigente de la que formaban parte rosistas y acérrimos enemigos del caudillo porteño, sufrió un triple escisión. Por un lado los urquicistas o federales, que apoyaban el Acuerdo de San Nicolás y el regreso de Buenos Aires al redil de la Confederación, y que estaban representados por Vicente Fidel López, Marcos Paz, Hilario Lagos, Juan María Gutiérrez y Francisco Pico. Tanto éste último como López ya habían intervenido en la redacción del Protocolo de Palermo. Por el otro los más duros provincialistas, que sostenían a ultranza las libertades de la ciudad puerto y que pasaron del aislacionismo a una postura claramente segregacionista. Entre sus adherentes estaban Valentín Alsina, Carlos Tejedor, Pastor Obligado, José Mármol y Adolfo Alsina. Finalmente el tercer grupo dirigido por Bartolomé Mitre e integrado también por Rufino de Elizalde y Domingo Faustino Sarmiento, levantaba la bandera del nacionalismo y de la organización nacional, pero con Buenos Aires como cabeza y organizadora del sistema federal. Si los dos últimos partidos no tardarían en unirse bajo la égida del liberalismo, se volverían a escindir en autonomistas o alsinistas y nacionales o mitristas.

En medio de las turbulencias que siguieron a la caída de Rosas, urgía a Urquiza dar una base jurídica a lo que todavía era un poder de facto, y lógicamente el punto de partida eran las autoridades provinciales ya constituidas. Vicente Fidel López fue el vocero de la tesis del entrerriano. Mientras los liberales pretendían la institucionalización del poder, López defendía la premisa de arribar a la legalidad por el camino de la personalización del poder. El Acuerdo de San Nicolás determinaba que hasta tanto se sancionara la anhelada Constitución Nacional, el vencedor de Caseros actuaría como Director Provisorio de la Confederación Argentina. Esta cláusula fue ampliamente rechazada por Buenos Aires. Aún resentida por la invasión de los caudillos provinciales, temía que tras el alejamiento de Rosas, se produjera una nueva concentración de la autoridad, pero esta vez en beneficio del interior y con el peligro de una compulsiva nacionalización de las rentas aduaneras, única fuente de recursos genuinos. Los porteños, aunque repudiaban la dictadura pasada, no habían olvidado su exitoso sistema financiero. López, en ese entonces ministro de instrucción pública de su padre, se vio obligado a defender el documento junto a Francisco Pico y Juan María Gutiérrez contra Mitre y Vélez Sársfield, en los debates que la historia conoce con el nombre de las Jornadas de Junio. El hombre que había comenzado a pensar en una historia nacional, proclamaba frente a un auditorio mayoritariamente hostil

« Y aquí señores, me honro con la declaración que hago: que amo como el que más al pueblo de Buenos Aires en donde he nacido!. ¡Pero alzo mi voz para decir que mi patria es la República Argentina y no Buenos Aires!.»

Para pasar después a recordarle a la barra

« El provincialismo, señores, es hoy absurdo. No hace mucho que la Provincia de Buenos Aires, había renunciado al honor y a la fama; y se había entregado a un tirano dándole sus rentas y sus soldados...Muchas leyes hay votadas en este mismo lugar que comprueban lo que he dicho, renunciando Buenos Aires a su honor, a su libertad y a su fama.»

El punto en discusión era naturalmente el exceso de facultades otorgadas a Urquiza, y si bien la oratoria de quienes defendían el Acuerdo fue magistral, no alcanzó para evitar el recrudecimiento de las luchas civiles y la disgregación de Buenos Aires, que insistía en no prestar su consentimiento a un mandato provisional gestado en el interior.

En los primeros años fracasaron, tanto la aventura intentada por el estado rebelde para derrocar a Urquiza, a través de una expedición militar encabezada por Hornos y Madariaga; como la sublevación rural de Hilario Lagos y el bloqueo de la escuadra de Coe. Las tropas terrestres y el comandante naval cambiaron su celo confederal por el oro porteño. En medio de las dificultades, la Constitución de 1853 por fin legalizaba el poder de facto y Urquiza era electo presidente. No obstante Buenos Aires profundizaba las diferencias, al punto de constituirse en un estado con el libre ejercicio de su soberanía interna y externa. Es más, su flamante gobernador Pastor Obligado, separatista intransigente, abría el camino del destierro para los opositores. Alsina fue el continuador de la política dura y López también tuvo que partir. Las cartas a los amigos demuestran que su adhesión al Gobierno de Paraná habría de costarle no pocas amarguras.

Hacia 1858 los acontecimientos de San Juan, donde perdió la vida el gobernador Benavídez, y la intervención de ambas partes en los asuntos internos del Estado Oriental, desembocaron en la batalla de Cepeda y posteriormente en la firma del Pacto de Unión Nacional de San José de Flores, contundente paso en la derrota definitiva de los separatistas.

Pero la paz fue efímera. Un nuevo crimen en la provincia cuyana, esta vez contra el interventor Virasoro, que había sido designado en tiempos del ex Presidente, sumado al nombramiento de Pastor Obligado en el gabinete del gobernador Mitre, a las disidencias con el presidente Derqui, y a las objeciones de las provincias a los pliegos presentados por los diputados porteños al Congreso Nacional, provocaron otra vez la ruptura y un nuevo conflicto armado. Mitre buscaba revertir el esquema geopolítico instaurado en Cepeda, por el cual su provincia aparecía aislada frente a todo el interior. Fracasadas las mediaciones diplomáticas, ambos ejércitos se encontraron en el arroyo de Pavón durante la primavera de 1861. Pese a que la derrota de los confederales no fue decisiva en el campo de batalla, valiosas piezas de artillería quedaron en poder del enemigo, problema que no dejaba de ser dramático para un estado insolvente, sin dinero y sin crédito.

En realidad fue Mitre el que capitalizó el resultado de la batalla. Un acuerdo con Urquiza le permitía derribar a las autoridades nacionales, actuar a discreción sobre las provincias interiores y restablecer la Constitución. A cambio el caudillo entrerriano se conformaba con conservar la preeminencia en su provincia natal. La hegemonía había pasado irremediablemente a una Buenos Aires de signo liberal, y Mitre asumía la presidencia de la República bajo el lema Nacionalidad, Constitución y Libertad. Vale decir una Nación unida superior a las partes, una Constitución federal como instrumento de un gobierno fuerte y centralizado, y el reaseguro de las libertades políticas y civiles que proclamaba el liberalismo.

Los dieciocho años siguientes fueron de transición. Si el período se abre con la conquista de Buenos Aires como desenlace de la guerra civil, se cierra también con otra conquista de Buenos Aires. El progreso fue rápido como intensos los altibajos. Dos enfrentamientos armados entre el país y su primera provincia, por lo menos dos alzamientos en el interior, conatos de guerra civil, una cruenta campaña contra el indio y una guerra internacional, fueron algunos de los costos que se pagaron. Consolidada la nacionalidad argentina luego de Pavón, quedaba pendiente la ardua empresa de construcción del Estado, que exigía una definición institucional precisa y la profesionalización del Ejército como garante del sistema. Sólo así se cancelaría la secuela más difícil que dejó la guerra de la independencia: el colapso institucional.

En la correspondencia de esta época, López revela su preocupación por la marcha del proceso de Organización Nacional, reflexionando sobre los hechos pasados, y sin perder de vista que él también es un hombre político, se dedica con tenacidad a sus actividades empresariales. En una etapa en que en la Argentina todo estaba por hacerse y en un contexto internacional caracterizado por la expansión del centro capitalista hacia la periferia, pudo incursionar con importantes ganancias en los negocios inmobiliarios, los ferrocarriles, la minería, la navegación de cabotaje y el tráfico mercantil. Por lo demás no había abandonado totalmente la vida pública. En 1868 ocupó el rectorado de la Universidad de Buenos Aires, entre 1879 y 1883 la presidencia del Banco de la Provincia, desde 1871 hasta 1880 una banca en diputados, en 1873 fue miembro de la Convención Constituyente, y en la sublevación armada de Tejedor, intervino activamente en las negociaciones entre ambos bandos, según se deduce de su correspondencia.

Los diez volúmenes de su Historia de la República Argentina aparecieron entre 1883 y 1893, y recogieron una parte significativa de los postulados de la Generación del 80. López aportaría sus ideas de progreso ordenado y de libertad racional. Sus modelos políticos son el parlamentarismo inglés, donde se identifica con las tradiciones del partido whig, el Chile de la República conservadora y oligárquica, y el Brasil imperial. Estos países, al menos para la fecha en que Vicente Fidel escribe, habían conseguido eludir los riesgos de un electoralismo que él condenaba. Como muchos de los hombres del 80 pensaba que la república democrática era posible, no tanto por medio del sufragio, sino más bien de la opinión pública, la cuarta fuerza del estado. El periodismo libre constituía el foro natural de la opinión pública, y su efecto acumulativo sería capaz de formar con el tiempo una ciudadanía activa.

El escritor de ficción de El Capitán Vargas (1846-1850), La novia del hereje (1854), y El último de los Pizarro (c.1856), se lanzaba a explorar el pasado con el objeto de justificar las opciones políticas del presente. En tal sentido el liberalismo no aparecía como una de las filosofías en pugna con otras filosofías igualmente válidas, sino que era el pensamiento de la civilización y el hacedor del mundo moderno. En el Prefacio de la obra se adelantaba a definir los fundamentos de la historiografía liberal

« Si se entiende por imparcialidad el indiferentismo para con uno y otro lado de estos debates y de estas luchas, que son la materia fundamental de la historia política; si se exige la falta de pasiones propias en la contienda de los principios; la impasibilidad del criterio moral en el choque de los intereses, y las ambigüedades del juicio moral entre el crimen y la virtud, entre los grandes patriotas y los egoístas o los criminales que hayan conculcado, en aquellas luchas, las leyes del honor, del deber, de la libertad y del patriotismo, declaramos, desde luego, que no somos imparciales. Tenemos partido y tenemos opiniones liberales.»

para terminar haciendo suya una afirmación de Lanfrey sobre los fines de la historia, que demuestra tal como señala Halperín Donghi, que López no se resignaba a que el pasado fuera nada más que pasado

« No me disculpo de haber buscado en mi narración enseñanzas a nuestra situación política...Ellas son los que dan a la historia su profundo atractivo, su benéfica influencia, su inagotable verdad, aun al tratar de lo ya sabido. En este sentido, la historia tiene una respuesta siempre pronta para el que la interroga. No hay situación que no tenga en ella su precedente, su correctivo o su ejemplo para todos los tiempos; y las lecciones que se toman de los enemigos, no son las menos preciosas. Lo difícil no es sacarlas a la luz, sino encontrar una nación que tenga bastante juicio y sensatez para oírlas y bastante energía propia para aprovecharlas.»

Un estado en formación necesitaba de una historia oficial. Mitre y López, aunque con diferentes perspectivas, se encargaron de escribirla.

En la última década del siglo XIX, las vertiginosas transformaciones de la economía mundial no sólo ofrecieron a la Argentina grandes oportunidades, sino que además, trajeron graves riesgos. La crisis de 1890 interrumpió por algunos años el período de crecimiento iniciado en los 80, a partir de la expansión sostenida de las exportaciones agropecuarias. La colocación de los saldos exportables se había basado en la incorporación constante de tierras, mano de obra y capitales al proceso productivo. Los ahorros generados en el país y en el exterior, pero sobre todo en el exterior, se invirtieron en mejoras rurales, ferrocarriles, construcción de viviendas y capital social, siendo en un 60 % de procedencia británica. El comportamiento de las inversiones europeas influyó no sólo en el desarrollo económico sino también en su modalidad despareja. En efecto la inversión extranjera directa en el rubro manufacturas, fue comparativamente menor a la realizada en infraestructura social básica, y aún menor con respecto a la colocación en bonos públicos. López y su hijo, Lucio Vicente, advertían en sus escritos sobre los peligros de una economía por demás sujeta a las perturbaciones internacionales, vale decir dependiente del capital externo y de los mercados internacionales. Ambos compartían una postura favorable al proteccionismo y a la industrialización, aunque sus preferencias se inclinaran más hacia aquellas industrias derivadas de las materias primas de producción nacional. Diecisiete años antes de la depresión económica más profunda del siglo XIX, Lucio escribía en la Revista del Río de la Plata

« Somos dependencia del comercio extranjero y de las conmociones que lo agitan; nuestra producción, es decir, nuestra materia prima que es lo único que la constituye, depende necesariamente de la demanda de los mercados extranjeros. Ellos nos fijan la línea a que puede llegar. Ellos nos tienen bajo su tutela despótica por más que queremos encomiar la bondad y el liberalismo de nuestro sistema económico.»

Los malos presagios se cumplieron. La crisis inglesa sacudió la actividad económica argentina. Como se había tomado mucho capital extranjero para apresurar el proceso expansivo, la deuda constituyó un gravamen sobre la producción y las ganancias, y vino a sumarse a las erogaciones en concepto de pago de los intereses ferroviarios. En un primer momento, las buenas perspectivas que ofrecía el país estimularon el ingreso masivo de capitales, que fue lo que compensó el déficit del comercio exterior después de 1881. En virtud de que las ganancias prometidas no se materializaron en el corto plazo - todo proyecto requiere tiempo para su maduración -, los inversores reconsideraron la posibilidad de nuevas operaciones. Es decir que al crédito fácil siguió una crisis profunda en la balanza de pagos, dado que los préstamos extranjeros declinaron antes de que la inversión cristalizara. Además las exportaciones no pudieron crecer al mismo ritmo que el incremento en el precio de la deuda externa. La inversión subió hasta 1888 para caer en 1891, el peor año de la depresión, cuando los intereses de la deuda alcanzaron al 60 % de las exportaciones. Como consecuencia de la caída en los préstamos y del emisionismo, que desde 1885 venía elevando la circulación monetaria a una tasa anual del 30 %, el valor del peso cayó en 1889, alarmando a los inversores europeos y creando una desconfianza generalizada en el sistema financiero. La Argentina pronto entró en cesación de pagos y el 7 de abril de 1891 el Banco Nacional cerró sus puertas. Pellegrini que sucedió a Juárez Celman, desplazado por la Revolución de 1890, nombró a Vicente Fidel López como Ministro de Hacienda. La Nación debió hacerse cargo de los pasivos de las dos mayores entidades bancarias oficiales y se creó el Banco de la Nación Argentina y la Caja de Conversión, a la vez que se reordenaron los impuestos internos. El problema de fondo se comenzó a resolver en 1891, mediante un convenio con los acreedores externos. Se suspendió el pago de los intereses de las deudas extranjeras, que recién se reanudaría en 1897 pero ya respaldado por el aumento en las exportaciones agropecuarias. Por otra parte los financistas concedieron un empréstito de consolidación garantizado con las rentas aduaneras, y la Argentina asumió el compromiso de no solicitar más créditos en el exterior por tres años.

Promediando la década del 90 la recuperación estaba en marcha, impulsada por el potencial productivo nacional, que logró mantenerse intacto en medio de la depresión. La política de Pellegrini y de su Ministro de Hacienda, sin alejarse del liberalismo, había dado sus frutos y López podía volver satisfecho a la vida privada.

En sus últimos años continuó escribiendo y ligándose a los medios editoriales que por ese entonces florecían en Buenos Aires, sobre todo a la Librería e Imprenta de Mayo de Carlos Casavalle. Terminó sus volúmenes de la Historia Argentina y publicó La gran semana de 1810 (1896), el Compendio de historia argentina adaptado a la enseñanza de los colegios nacionales (1886-1891), El Banco: sus complicaciones con la política de 1826 y sus transformaciones históricas (1891) y el cuento histórico La Loca de la Guardia (1896).

Durante el transcurso de su exilio en Montevideo y de su matrimonio con Carmen Lozano, nació Lucio Vicente (1848-1894). Hijo de una familia proscrita, por ley era ciudadano argentino.

Historiador como su padre porque, según Aníbal Ponce, en su familia la historia se hacía y se escribía, recibió una marcada influencia de su maestro Juan María Gutiérrez, e inició su vida literaria y política dentro de la corriente romántica y del pensamiento de la Generación del 80. Su participación en contra de la Revolución Mitrista de 1874 y su ingreso al periódico «El Nacional», dirigido por Sarmiento, señalan los comienzos de su trayectoria. En ese diario escribió artículos breves pero urticantes, defendiendo la candidatura de Aristóbulo del Valle a la Gobernación de Buenos Aires, evocaciones literarias, críticas teatrales y ensayos. Paralelamente colaboró en la «Revista de Buenos Aires» de Vicente Quesada y Navarro Viola y en la «Revista del Río de la Plata» de Gutiérrez, López padre y Lamas. En 1880 disconforme con el curso que habían tomado los asuntos públicos, viajó a Europa y recogió sus experiencias en una obra titulada «Recuerdos de Viaje».

De regreso a Buenos Aires, intervino en la fundación del «Sud-Americano» junto a Carlos Pellegrini y Paul Groussac. Esta publicación fue una verdadera máquina política al servicio del juarismo y constituyó un paradigma del optimismo de la época. Fue lanzada cuando la prensa argentina, al igual que el país, prosperaba rápidamente. En 1883, Ramón Cárcano le aconsejaba con realismo a su amigo y mentor Juárez Celman

« Un diario para un hombre público es como un cuchillo para el gaucho pendenciero: debe tenerse siempre a mano»

Si bien estos diarios existían antes que nada para participar en el debate político, también aparecían en ellos novelas en serie, cuentos y chismes sociales. Por lo común tenían un carácter bastante satírico y empleaban con frecuencia el absurdo. En uno de sus números, el «Sud - América» caracterizaba así a la Argentina

« La República tiene como peculiaridades sus grandes ríos, su inmensa pampa, su cielo precioso, sus elevadas montañas y su general Mitre. Produce papas, maíz, toda clase de cereales, vacas e historias de San Martín.»

Ser periodista entonces no era sólo tener un empleo como tal: todavía no era aceptable que alguien se prostituyera por una causa a la que se oponía. El alto grado de compromiso del personal con la prensa política, facilitaba el intercambio de recursos humanos. El empleo era impredecible e inestable porque los diarios eran el reflejo de la naturaleza inquieta de la política en la Argentina. Un vuelco en las alianzas y enemistades personales, requería un ajuste en la composición de la escena periodística con la consiguiente liquidación de algunas publicaciones, la creación de otras o la renuncia del personal. Lucio Vicente no fue la excepción. A medida en que se distanciaba de Juárez Celman y de los autonomistas, también se desvinculaba del «Sud - América» y entraba a formar parte del movimiento regenerador de la Unión Cívica. Durante su permanencia en el diario y al margen de las notas sueltas que por lo regular no firmaba, publicó algunos cuentos de escaso mérito literario. Pero en 1884 editó en este medio su libro más famoso, La gran aldea, donde intentó exponer y sintetizar el proceso de transformación sufrido por Buenos Aires y sus habitantes. Pese al éxito en las ventas, el autor no creía en la perdurabilidad de su obra, según trasunta en una carta a su amigo y confidente Miguel Cané

« Todo el mundo le ha caído. Amigos y enemigos, pero se vende. Hace ocho horas que ha salido. Se han vendido 150 ejemplares...Ya te habrás convencido de lo que te decía: un buen título, desperdiciado, el libro es malo, hecho muy a la ligera: era un gran programa, es un mal examen...La crítica le ha hecho bien al libro; ha despertado la curiosidad y me ha favorecido la venta.»

La novela fue escrita febrilmente bajo la forma de folletín y en la misma mesa de trabajo en la que preparaba sus artículos de polémica política. Esto explica sus fallas de estilo. Comentando la muerte de López, en 1896 el periodista de «La Nación» anotaba con referencia a esta obra

«Es, en gran parte, una novela «de clave», llena de alusiones personales y croquis tomados del natural, como los de Disraeli, obedeciendo, por tanto, a un concepto «fotográfico» del arte, que juzgamos subalterno. No obstante, el libro quedará por algunos fragmentos excelentes: la conmovida introducción, los retratos rebosantes de vida, algunas escenas sociales con sus picantes diálogos, ese don terrible del epigrama arpado que López disparaba con gracia infinita y que fue, sin duda, la gran delicia y la gran amargura de su vida.»

La política, la diputación y los cargos públicos terminaron por absorberlo. La Revolución de 1890 lo encuentra entre sus combatientes. Más tarde acompaña a Aristóbulo del Valle durante su breve ministerio. En 1893 fue designado interventor en la provincia de Buenos Aires. Su acción depuradora de la corrupción y saneadora de las instituciones bancarias, y su excelente desempeño en la organización de las elecciones, fueron los acontecimientos más destacados de su gestión, pero también le significaron muchos enemigos. Murió como vivió, bajo el signo del romanticismo. Un duelo con el coronel Sarmiento, a quien López había denunciado por una maniobra dolosa en el Banco Hipotecario, acabó con su vida.

 



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