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Presentación de la edición

El presente auxiliar descriptivo constituye un catálogo de las piezas documentales producidas por la Compañía de Jesús, y tras la expulsión de la Orden en 1767, por las Temporalidades. En el caso de este libro, ambas son atinentes a la actual provincia de Córdoba.

Las dos series pertenecen al vasto fondo colonial que conserva este Archivo General de la Nación, y que por decisión unánime de la UNESCO, fuera declarado recientemente como Patrimonio de la Humanidad.

Con esta edición pretendemos también difundir, tanto en el país como en el extranjero, parte de la documentación depositada en Buenos Aires, pero referida a las provincias argentinas.

Los documentos jesuíticos han sido compilados y analizados para esta publicación por la Profesora Estela Barbero, investigadora que trabaja asiduamente en nuestras salas de consulta, y a quien agradecemos su valiosa colaboración.

Agradezco también la generosa intervención del prestigioso artista y cineasta Leonardo Favio, que permitió la edición de este libro.

Agradecimientos

El inmenso paraíso de papeles que custodia el Archivo General de la Nación recibe un constante fluir de investigadores de nuestro país y del exterior. A fin de facilitarles el acceso y ubicación de algunos documentos encaucé mi trabajo, durante una larga temporada, a la búsqueda, -minuciosa, exhaustiva-, y catalogación de todo documento acerca de los jesuitas en Córdoba durante el período hispánico y las Temporalidades de esta provincia.

Es así que hoy ve la luz un corpus documental que , espero, sea de utilidad.

Buenos Aires, 23 de diciembre de 1997.

Estela R. Barbero
Miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina


Introducción

Al especial interés de la corona por conocer los papeles internos de la Compañía de Jesús debemos que, - no obstante los avatares sufridos por sus miembros -, hayan llegado, si bien parcialmente, hasta nosotros. Muchos se perdieron, otros se enviaron a España y, parte quedó en América.

(Estoy persuadido de) "que en los papeles se hallarán muchos que contengan gravísimos asuntos internos y externos sobre la conducta y modos de pensar en materias distintas de sus vastos manejos y caudales y, como no tengo prevención de lo que he de hacer en semejante particular, espero VE. me advierta lo que sea del agrado de S.M., pues precaviendo inconvenientes y que será mejor que todo se haga con el inmediato conocimiento mío, he ordenado a los ejecutores omitan el reconocimiento de los papeles y manuscritos, remitiéndomelos con buena custodia, para hacerlo yo, ayudado de los sujetos de inteligencia, fidelidad y satisfacción de que me valgo aquí" (1). Escribe así Francisco Bucareli al Conde de Aranda el 6 de septiembre de 1767, develando la intencionalidad al incautar los papeles que habrían de ser examinados según la instrucción del 23 de abril de l767.

Para el cumplimiento el gobernador hace "poner el mayor cuidado en la aprehensión de loa papeles, tanto por los intereses temporales como para penetrar los misterios ocultos de su gobierno" (2) y conducirlos posteriormente; al fuerte de Buenos Aires, donde quedaron "en unos cajones cerrados y abiertos sobre ellos, sueltos algunos, otros en estantes y arcas y otros en el suelo", según el acuerdo de la Junta Superior Provincial de Temporalidades de Buenos Aires del 25 de septiembre de 1770.

Francisco Bucareli empezó con la inspección personal de los papeles pero, dado el "volumen extraordinariamente considerable" desistió de su intento. "Las dificultades extraordinarias que reconoció el Exmo. Señor don Francisco Bucareli para el arreglo de los expresados papeles se aumentaron excesivamente por el desorden que en ellos introdujeron las torpes manos que al principio los manejaron sin haber hecho más que rebolberlos y barajarlos poniéndolos en mayor estado de confusión" (3).

Es así que durante el gobierno de Juan José de Vértiz se comisiona a Martín de Olazábal y a Marcos José de Riglos para que "ejecute el reconocimiento, inventario e índice" de los papeles.

El primero hizo legajos con sermones, pláticas y cartas encontradas en los colegios de San Ignacio y Belén de Buenos Aires y del hospicio de Montevideo; "y sin embargo de que estos papeles eran lo mejor conservado por haberse ocupado hombres prolijos que había en esta capital, y no en otros pueblos, empleó en la operación mucho tiempo, y se desistió de ella dejando por reconocer los papeles de los trece colegios restantes" (4).

Posteriormente continúa con esta tarea Luis Zabala "quien en el espacio de dos años formó un índice sin guardar más método ni distinción que separar algunas Bulas, Cédulas y provisiones Reales, y legajar parte de los papeles de cada colegio conforme la suerte los iba presentando" (5).

En 1778 se nombró a Manuel de Lavardén, quien recibió el depósito notablemente deteriorado debido al "barajamiento de los papeles por tantos años, sus traspasos de la real fortaleza al Colegio y del Colegio a la real fortaleza, la humedad de las piezas bajas que se incorporó con el polvillo que se asienta sobre los papeles que no mueven por algún tiempo, los redujo "a tal estado", que Lavardén al hacerse cargo sólo pudo dar un recibo formal de "tantos cajones, tantas petacas y tantas bolsas llenas de papel".

"Reconocida la dificultad de su ordenamiento no tubo más arbitrio que hirlos sacando conforme ellos querían salir y leyéndolos uno a uno, a unos los doblaba y ponía a la vuelta un epígrafe de su contenido y pertenencia: así reconoció cerca de cincuenta mil documentos lo que fecho pudo dividirlos en las clases que comprende la planilla número uno, a que se refieren cien legajos bien atados y encarpetados y formó un índice general con distinción de clases y legajos, que formó un libro de cuatrocientas fojas" (6).

En el mencionado índice corresponde al Colegio de Córdoba:

folio 11, papeles pertenecientes a su fundación,

folio 12, papeles que corresponden a su pertenencias

folio 38, papeles relativos a sus intereses.

La orden del 13 de marzo de 1788 dispone el envío a España de la documentación perteneciente a la Compañía de Jesús, debidamente acondicionada en cajones numerados y dirigidos al Presidente de la Real Audiencia de Cádiz, con el fin ser examinados allí según la voluntad real (7).

A pesar de tales disposiciones superiores, muchos de los manuscritos quedaron en Buenos Aires, como lo confirma su existencia en archivos oficiales y privados. Otros -pertenecientes a la Provincia jesuita del Tucumán, están en Río de Janeiro de donde se sacaron en l906 algunas copias para traer a Buenos Aires- y que actualmente se custodian en el Archivo General de la Nación unos; otros en el Archivo del Museo Mitre.

Encontramos en los documentos jesuíticos un reflejo de su múltiple actividad: Cartas Anuas, manuscritos referentes a las propiedades rurales y urbanas, libros de cuentas, expedientes de los colegios, facturas comerciales, papeles sobre la Universidad, estancias, cartas entre los religiosos, giros de comercio, etc., directamente relacionados con lo que forma el núcleo central del trabajo: los bienes temporales confiscados en Córdoba a la Compañía de Jesús.

Estela Barbero



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